Los sacrificios de un policía para ganar unos dólares más

Necesidad de dinero obliga a agentes de seguridad pública a realizar trabajos eventuales en varios oficios.

Gustavo Barahona (nombre ficticio) ha trabajado los últimos cinco años y medio como soldado y policía. 
Ambas profesiones no son bien remuneradas, pese al riesgo que conlleva ejercerlas en uno de los países más violentos del mundo.

Además, desde mediados de 2013, cuando las pandillas rompieron la tregua que pactaron un año antes, los agentes de seguridad pública están siendo blanco de los grupos criminales: 24 policías y 11 militares han sido asesinados desde enero hasta el 2 de septiembre.

Barahona estuvo de alta tres años y medio en la Fuerza Armada. Luego se convenció de que lo suyo era ser policía, por lo que desde hace 24 meses es agente del nivel básico de la Corporación.

Él está destacado en una base rural al norte del país. Cada vez que termina su turno de 5 días debe rebuscarse por hallar un empleo que le genere dinero extra en los cinco días que gozará de licencia.

La jornada laboral que acaba de terminar ha sido agotadora. Necesita descansar, pero el compromiso económico que tiene con su pequeña hija y su madre -quien lo alentó a que se graduara de policía- lo obligan a sacrificarse.

Las últimas 72 horas de servicio anduvo en busca de pandilleros en operativos que terminaron pasadas las 2:00 de la madrugada. Apenas tuvo tiempo para comer.

Cuando llegó a la “casa improvisada”, que con sus colegas han adecuado para que sirva de puesto policial, el sueño lo venció y se durmió.

Cinco horas después, estaba listo para retomar los patrullajes rutinarios y por la noche fue enviado a dar seguridad a un sector donde se realizaba un velorio.

Gustavo permaneció ahí hasta el amanecer. Cuando acabó el turno se subió a su moto y recorrió más de 50 kilómetros para llegar al lugar donde reside.

Nadie lo espera en la modesta casa que alquila. Vive solo y tiene pocas pertenencias.

Al entrar a la habitación, el agente cae de golpe sobre la cama pero no logra conciliar el sueño. Espera la llamada de un colega que ha quedado de avisarle si más tarde debe presentarse a uno de los restaurantes de playa donde suelen contratarlo como vigilante.

Por seis horas y media de trabajo (de 7:30 de la noche a 2:00 de la madrugada), el joven recibe un pago de 25 dólares. No es mucho dinero pero “algo es algo”, dice conforme.

Para él es una cantidad aceptable, pues conoce a muchos policías que hacen la misma tarea en sus días libres, pero solo les cancelan 20 dólares por un turno de 24 horas (un pago de 0.83 centavos de dólar por hora).

Esto lo confirma otro agente destacado al sur de San Salvador, quien durante dos años ha sacrificado los fines de semana con su familia, pues cambia el uniforme de la Policía por uno de vigilante para laborar en una tienda de conveniencia.

“Es una manera informal de echarse unas fichitas más a la bolsa. No hay contratos ni nada; uno hace el turno, le dan los 20 dólares y adiós. Con otros cuatro compañeros es lo que hacemos”, relata el agente.

Otros trabajan en funerarias

Otros agentes, además de brindar seguridad privada, se dedican eventualmente a vender servicios funerarios, a hacer viajes en sus vehículos o a realizar tareas agrícolas en busca de ingresos extra.

Hasta en estas circunstancias los policías han sido asesinados por grupos criminales. Los casos más recientes fueron registrados el 15 y el 28 de agosto pasado en Santa Ana y La Libertad. Una de las víctimas estaba laborando como taxista pirata y la otra como vendedor en una funeraria.

Agentes usan salario para comprar munición

El salario de Gustavo Barahona, como el del resto de agentes de su nivel, es de $425. Con los descuentos de ley que le aplican recibe $385 más 150 de bono alimenticio, que suele llegarle con retraso.

El agente destina un porcentaje para su madre y para su hija. Con el resto costea el alquiler de la casa, los servicios básicos, la alimentación y la cuota de su moto.

También abona a un préstamo que hizo de emergencia para los gastos fúnebres de un pariente. Ante el apuro, sus familiares se comprometieron a ayudarle a saldarlo, pero él terminó asumiéndolo porque ellos sobreviven de doblar la milpa.

Desde que los enfrentamientos con pandilleros se han hecho más frecuentes, el veinteañero y varios colegas se han visto en la necesidad de incluir en su presupuesto la compra de municiones.

La institución se las provee, pero cuando se les acaban deben realizar un trámite engorroso para obtener más. Eso, según él, puede tardar hasta un mes.

Los agentes saben que están en la mira de los delincuentes y no pueden darse el lujo de estar desprotegidos. En repetidas ocasiones Gustavo y sus compañeros han tenido que destinar dinero para comprar cajas de municiones -que cuestan 40 dólares- y repartírselas.

“Uno duerme con el arma debajo de la almohada. Ya he soñado que se me encasquilla el arma; que me agarro con pandilleros y que me meten a una colonia… Ni modo, hay que rebuscarse hasta para comprar balas y que no nos agarren desprevenidos”, dice el policía.

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